miércoles, 6 de enero de 2016

Que no



A días, a ráfagas, a pequeños instantes, él había ido invadiendo cada retal de los que arropaban la poca cordura que me quedaba.

Nada más peligroso que los amaneceres llenos de confusión, de desenfreno, de irrealidad.
Nada peor que la incomprensión para una pirada. Nada más inquietante que chocar una y otra vez contra la sombra de lo que un día me negué.

A días, a chorros, a semanas, él invadía mi cuerpo y a empujones acampaba en todos mis lugares prohibidos. No dejaba de sorprenderme su capacidad de convertir su voluntad en la mía, su modo de transformar lo impensable en indispensable. La manera en que lograba hacerme callar, mostrándome a lo estrepitoso de la vida; para él y para todos los que estaban por venir. 

Empapándome, castigándome, mirándome como sólo miran los que al desnudarte les sobran siete manos.   

Instruyéndome, exhibiéndome, destruyéndome  y construyéndome para enseñarme cómo se desvirtúa mi mundo en esta Navidad de mierda. Cómo sabe hacer de él y de mí, de los amaneceres fríos y las madrugadas cortas, pese a que no hemos vuelto a ser los mismos, algo extrañamente vital.







martes, 24 de noviembre de 2015

Vienes


Ya había anochecido cuando subía la cuesta despacio como dándole tiempo al tiempo para que mandara una señal e interrumpiese mi trayecto. Al llegar al final me detuve y rebusqué algo en el bolso con la esperanza de iluminarme mientras tanto. Llaves, móvil, gafas, bragas, hasta que encontré un chicle que mordí con rabia mientras instintivamente di la vuelta y entonces le vi al otro lado de la carretera. A su altura no había semáforo ni paso de peatones. Perfecto. Esperé unos tres minutos soñando con un indicio, una señal, un atropello, el puto Big Bang... cualquier cosa, algo; pero el tráfico se detuvo en ambas direcciones y crucé sabiéndome sentenciada. Al pasar delante de él sentí como me atravesaba desde el interior del coche. No había ruido en una de las calles principales de Madrid, tiene gracia. Sentí que ya daba igual todo, que cualquier otra dirección que tomara sería un error. Noté como el miedo resbaló hasta el asfalto y por encima de él pasaron ruedas y ruedas abriéndole paso a la incredulidad, la ira, la vergüenza y las ganas. Di una vuelta alrededor del coche y acaricié la puerta con la yema de los dedos mientras contaba hasta tres justo antes de exhibirme como él quería. Antes de odiarle, maldecirnos y culparme por sentir que era exactamente lo que mi alma, desde lo más profundo del coño, no dejaba de pedirme una y otra y una y otra vez.  

viernes, 6 de noviembre de 2015




Anduve calle arriba mientras Madrid me llovía con furia. Anduve mojada. Ida. Con la sensación de escuchar música distorsionada. Quizá fue por el agua que no notaba. Por lo que no te dije, por lo que dijiste o por lo que hubiese sobrado decir. Acababa de pasar pero no recordaba prácticamente nada, tan sólo habíamos sido rápidos fogonazos de luz, de silencio, de menta, de oscuridad. No sabría decir si chorreábamos juntos. Si tanto ruido fue sólo el preludio del contacto entre tu lengua y la mía. Si tanto tiempo fue para enseñarme que la vida es tan sencilla como cuando tu piel me roza suave y el mundo gira a través de los cristales de tu nave y mi risa. Tal vez sólo fuimos una tarde de octubre, una voz perdida. La humedad de mi coño en tu nombre y luego en mi boca y más tarde en la tuya.
Calle arriba, distraída, mareada, sin bragas y desde que respirar había dejado de ser una capacidad absurda para transformarse en una cuestión vital, pensaba que de todo lo tuyo, de todo lo mío, de entre todo lo nuestro, habría dado cualquier cosa para que la lluvia no borrase el beso que me dejaste puesto en la nariz, cerdo.






martes, 1 de septiembre de 2015


Era como si agosto hubiese querido cerrar con ese par de tormentas. Se acabó. Esperaba que dijera algo y él hacía lo mismo, pero el silencio y los cojones era algo que se nos daba tan bien como recorrernos la piel con la lengua. Para mi tranquilidad se acercaba el otoño con sus lluvias, con su aroma, con sus ganas de. Me calmaba tanto sentir el frío... como si fuera un icono de supervivencia. Apenas quedaban chicos de. en mi vida, pero ese pelo acariciándome la espalda en cada ida y venida, no pude olvidarlo. No me soportaba por ello. Me merecía que todos los monstruos del mundo me comieran viva. Iba y volvía a la oficina, taciturna, evocando el olor a cuero. Escuchando los golpes sordos de su piel en la mía. Querer, que se dice. Querer que la tercera tormenta pudiera esta vez arrancárnoslo todo.

viernes, 31 de julio de 2015

Agosto II

Esta vez no eran los monstruos, ni el frío ni el miedo. Esta vez era mucho peor: se trataba de pánico. Terror al dormir, al despertar, besar y respirar.

Habíamos probado todo, sin llegar a hacerlo. Alejarme al anochecer hasta el descampado que hay detrás de casa a escuchar el motor de los autobuses, ya no causaba el mismo efecto. Le sentía en todas partes, ni siquiera el más ensordecedor de los silencios tenía la capacidad de acallar aquello. Le notaba al despertar, en la ducha, en la oficina, en el metro. Cualquier pared de esta ciudad sería buena opción para nosotros. Cualquier bar, callejón, y carretera sin manta: sólo suelo.
Allí, sentada sobre la maleta, sola. En el descampado que sigue detrás de casa desde donde hace años lloví mojándolo todo intentaba controlar el dolor de ombligo, por no decir las ganas de follar. Contigo, ya sabes. Me concentraba en tararear aquella canción, en controlar el ritmo de la respiración, en dormir, en no pensar. Pero mañana volvía a ser agosto.

miércoles, 13 de agosto de 2014

Agosto


Casi muero, pero el "casi" ha sido mi mayor oportunidad. Ahora ya no hay tristeza para escribir cosas bonitas. Ya no hay llantos, casi, en realidad. Ya no quedan noches eternas que alimenten aquel vacío. Ni tú. Ni espirales enloquecidas para recordarme lo que pudo haber sido. 

Sólo hay lo que hay. Lo que ves. Poco o mucho, pero es lo único que soy.

jueves, 15 de agosto de 2013

Peor


Querías como si me hubieses olido durante semanas  y nunca me hubieses tocado. Yo quería. Quería como los niños la hora de los cuentos. Como me querían tus ojos y tus manos. Quería. Con la intensidad de los que mienten, con el dolor de los que saben porque ven. 

De la perfección pasamos a estar en entredicho. Dudas, porque sabes que yo más. Aquello que parecía inmaculado se vio teñido por unas bragas olvidadas en una habitación de hotel. Queríamos, pero ¿y qué?

De haberlo sabido (Quique González/Rebeca Jiménez).