martes, 6 de diciembre de 2011

Epidemia


El puente del diciembre más denso de todos los tiempos, no era el que recorrerías hasta aquel punto en el que me deshiciste la boca. Ni tampoco era el mismo que me posicionaría en el nudo más débil de todos. No pasaba sin pena, joder, porque diciembre se nos echaba encima del mismo modo que avanzan mis tormentas hacia tu lluvia; exterminándolo todo. El puente no era, claro que no, pero no existía nada capaz de destruir lo que irremediablemente ya había ocurrido. No quedaba materia alguna a nuestro alrededor. Ni siquiera existía tierra capaz de sustentar el abrazo más cálido que hayas eyaculado jamás. No había nada. Ausencia, tal vez. Un halo de cordura salvándote de un abismo que existirá mientras estés vivo. Y por mis venas, amor, seguiría fluyendo toda la demencia del mundo.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Winter


Mis rodillas fueron el paraíso para todos tus demonios, pero tu carne fue la calamidad más grande que jamás me echaría a la boca. Amanecía y el sol chorreó sobre nuestros cuerpos iluminándonos antes de que fuera demasiado tarde. Y tú no decías nada. Nada de nada. Las emociones muertas se deshacían piernas abajo y yo ascendía con la misma pasión con que suplicaban tus puños apresando mi pelo. Luego estaba el tiempo, siempre el tiempo. Como si se tratara del escenario que daba lugar a lo que en realidad no era nada. Nada. Como el sentido del espacio detenido en el interior de tus dedos. En el fondo del lugar donde habita toda la inmundicia de mi corazón.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Yo

La desnudez llegó cuando el miedo se hizo con todo. Cuando ganar había perdido significado dentro de las ideas estúpidas. Cuando perder no era nada. Pero nada. Sino un verbo como cualquier otro. Porque ¿perder qué? Sin embargo el invierno había vuelto y ahora tenía trescientas mil mentiras menos que esconder.

domingo, 2 de octubre de 2011

No nada

Este blog se ha convertido en las ruinas de mí misma. La música se ha distorsionado y mi voz ha dejado de existir sin motivo aparente. Siento que todo se ha quedado atrás. Que nada tuvo sentido, salvo por la gilipollez del aprendizaje.

Lo único que he aprendido es que nada ha valido la pena, así que no quiero aprender nada. No quiero hacer nada, salvo dejarme hacer por una vez en la vida. Eso, y matar a 5 ó 6.

Siento que la lluvia me espera a la vuelta de la esquina. ¿Y por qué no decirlo, joder? Al fin y al cabo es la razón por la que entiendo que sigo viva.

Tengo miedo, ¿y qué?

domingo, 11 de septiembre de 2011

Que le jodan a todo


Entre aquellas cuatro paredes se quedó lo peor de todos mis lados podridos. El vientre arañado y los ojos del color de lo único que se podía ver a través de todas las ventanas: grismuro. Los llantos reptaron por las paredes y se quedaron colgando del techo como esperando a los siguientes inquilinos para abalanzarse sobre ellos. Lo mismo ocurrió con los gritos acompañándonos de madrugada. Y con las -mis- mentiras. Pero, yo; siempre yo. Yo, y la maleta llena. Yo, en la puerta, desprovista -y desnuda- de toda emoción destructiva, e igual de preparada que hace veintinueve años para ser expulsada de entre las membranas de mi madre. Abandonar la oscuridad, como entonces. Querer. Sobretodo querer. Y no se trataba de volver al aire limpio, sino al aire. Así de fácil. Igual de sencillo que amontonar el gris, el negro y el verde -que nunca me ha gustado- y marcharme de allí dejando los grifos abiertos esperando a que todo se transformara en un barco que ha terminado descompuesto en el alcantarillado de Madrid.

Regresar al mundo con la carne limpia. Exhibir lengua nueva -y eso que no he cambiado de nombre-. Abrirme el cuello frente al espejo del recibidor mientras por la herida desfilan motos, cascos y chicos de verano de polla grande y alma seca.

Y kilómetros abajo abrir la maleta y permitir que el contenido tiña las nuevas cuatro paredes de violeta, azul y rojo. Sobretodo rojo, ya me entiendes. Porque desde la vigésima planta, además de descubrir la magnitud y dimensión de luz y cielo, sólo soy capaz de escuchar a esta ciudad enloquecida susurrándome que se muere de ganas por dármelo todo.

domingo, 21 de agosto de 2011

Tengo ganas


La pesadilla no era soñar contigo. Ni al derecho, ni al revés, ni a cuatro patas con vistas al verano más largo del mundo. Lo extraño de aquello no tenía nada que ver con el intercambio de insultos más romántico que nadie haya imaginado jamás, ni con tener que volver a besarte dentro de mi vida a color -la real en blanco y negro, por favor-. Y ni siquiera lo jodido era experimentar con esa sensación obsesiva cuyo origen sólo podía ser propio de una enferma mental llena de ganas. Porque todo lo mío y lo tuyo eran ganas. Mal canalizadas, pero ganas al fin y al cabo; ganas era lo poco y lo mucho que a ti y a mí nos sobraba. Que no era lo mismo, claro que no. Porque mi deseo arriba y el tuyo abajo y encontrarnos -resbaladizos a más no poder- a medio camino, era lo más absurdo, utópico e imposible que había escuchado en toda mi vida. Era igual que cuando de pequeña jugaba a imaginarme lanzando miles de estrellas al mar y luego éstas flotaban alrededor de burbujas de sangre. Y aunque te lo conté y tú perplejo intentabas calmarme tratando de convencerme diciendo que eran pompas de fresa, yo siempre supe que era sangre. Pero la pesadilla tampoco era esa. Tú y yo íbamos a morir, y saberlo era justo lo que nos diferenciaba del resto. Eso y las ganas, ya sabes. Las ganas y esa forma de mirar cuando a nuestro alrededor sólo existe la ventana con vistas al verano más largo del mundo.

lunes, 15 de agosto de 2011

Hurry Up (y todo sigue siendo muy experimental)


Música: Zbigniew Preisner (Les Marionnettes)
Texto: Hurry Up (parte)

Fumábamos más de la cuenta en aquella madrugada insustancial de noviembre. Me gustan los días normales en que los barrancos se llenan de agua como acompañamiento musical. Todo es la hostia cuando tus sentidos viajan tan rápido como los míos colisionando en el kilómetro cero, depositándonos en un nuevo amanecer.

Los polos se derriten despacio sin que nada nos importe demasiado; o al menos no en éste momento. Quiero besarte, dices. A lo que mi cuerpo responde quebrándose e instintivamente hago de mi jersey una válvula de escape por la que evadirme de la gente que nunca fue tan real como tú.

Nuestra ropa empezó a picar sobre la carne hace dos ratos. Mi jersey siente ese odio que sólo es capaz de volar cuando es empujado por cierta adicción.

Chorreamos a través de las mangas de tela, brotamos de mis puños mal cosidos porque el espacio empieza a ser condenadamente estrecho. Porque necesitamos más. Goteamos juntos de una forma extraña y, hace un rato que dejé de sentir frío sin que haya dejado de ser verdad. Porque se me ha olvidado todo.

Y te abrazo ajena a todas las partículas de polvo que se inmolan negándose a convertirse en mierda. Y te abrazo hasta que el sudor se enfría exterminando los desechos de lo que algún día fuimos. Y te abrazo porque dueles más que cuando mis pies no miden y mi dedo meñique se estrella contra el cerco de la puerta. Y te abrazo durante nueve segundos porque estoy sentenciada a seguir odiándote hasta que se desnude el nuevo sol.

Y te abrazo, y te abrazo, y te abrazo...

Que te jodan, puta, murmuras con la voz apagada y escapando del jersey. Que te jodan a ti también, respondo ayudándote a salir.

Sonrío y mi congelador vomita el agua al compás de los polos que se destruyen. Me enciendo el último cigarro de la noche y el primero de lo que podría ser una mañana.

Y te vas. Y me voy. Pero los dos sabemos que ni siquiera los adioses duran para siempre.

¿A que sí?

miércoles, 10 de agosto de 2011

Tell me more


Te comería ahora mismo si de ese modo todo dejara de doler(te). Sin con ello parásemos el mundo para bajarnos, atravesarlo y subirnos a él cuando nos diera la gana. Si telepatizaras conmigo una de cada cien veces que cierro los ojos teletransmitiéndote cosas, joder, que no te enteras.

La realidad se ha convertido en el ruido del poco tráfico a través de la ventana. En la sangre congelándose a medio camino entre Madrid y el Polo Norte. La verdad sólo soy yo, chica fiebre, y la temperatura recordándome que, dentro de unas pocas horas, todo seguirá moviéndose exactamente igualquesiempre. La realidad es ya. Ahora. Siempre. Todo gira, todo se desdobla.

Flash.

lunes, 4 de julio de 2011

sábado, 2 de julio de 2011

Encima o nada


El verano se había apoderado de mí y ya no estaba para gilipolleces. Más que puta era egoísta y finalmente la vida era lo que era, sólo tenía que aceptar las cuatro evidencias a las que se reducía todo. También debía aceptar lo de los monstruos. Al fin y al cabo nadie dijo nunca que todo sería rojo. Acabar con todas las materias pendientes se convirtió en el clásico deberes santillana. Ya no estaba tampoco para transcendentalismos, ya no iba con el pecho rajado ni con el corazón mal arrancado por las esquinas. Ya no. La catarsis parecía inminente, inevitable. En el fin de toda acción estaba la clave de todo, y hasta el momento, era como haber vivido a ciegas, como si toda interacción hubiese estado asociada a danzar por un invierno infinito, a tientas. Quizá era momento de enterrar a la lluvia. Adentro, muy adentro. Tal vez me había aproximado tanto al abismo Caroline, que sobrevivir tenía mucho que ver con echarle al sol ese pulso terrorífico. Con mirarme al espejo y saltar por los aires un microsegundo después del estallido multicolor. La vida era lo que era, sí; pero eso seguiría dando igual.

Me adentraba en el verano más asesino y encarnizado de los últimos años y, COMBATIRME en un cara a cara a mirada de lobo frente a la luna, irremediablemente, se había convertido en el único objetivo. Caminaba por la estación más enemiga de todas y me la follaba a horcajadas a un ritmo tan preciso, que la renovación celular se impuso a todo lo demás. Que resultó no ser nada, todo lo demás. Que no era luz. Que no era yo, ni tenía nada que ver conmigo o con el verano al que vencería en el pulso y del que pensaba vivir cada instante que había malgastado en el pasado capulleando (seh, de capullear, ya sabéis), necesariamente, para llegar hasta aquí.

Luego, pistoletazo al cielo y el mundo se dio la vuelta como si tuviera la necesidad de proyectarme hasta el infinito y advertirme sobre algo. Alguien apuntó a mi pulmón izquierdo a quemarropa y, todos, absolutamente todos los chicos de., implosionaron dejando un humo gris suspendido en el tiempo. Fue entonces cuando la realidad me devolvió al punto de partida, cuando supe que siempre había sido él.


-Mil gracias a todos los que siempre tenéis palabras para mí. A los que vienen en silencio y nunca dicen nada.
A los que se fueron, y a los que me hacen sonreír.
Gracias por compartir conmigo este estado mío abrumadoramente demencial.
Gracias por todo este tiempo ;)

jueves, 16 de junio de 2011

Desde atrás


El salón se llenó de monstruos y corrimos a refugiarnos en el baño. En el supuesto caso de haber sido rojos no me hubiese importado, pero estaban cubiertos por una gruesa capa metálica que avanzaba arañándolo todo. Quisimos entender aquello como una señal, como el primer coletazo del fin del mundo. La sangre que brotaba de las paredes comenzó a filtrarse por debajo de la puerta justo cuando el dedo índice de tu mano derecha recorría la línea de mi mandíbula. Justo cuando el dedo corazón de mi mano izquierda se alzaba a la altura de tu barba de once días. Aquella fue la primera vez que me atreví a mirarte con nocturnidad y alevosía. Aquel fue el día en que engrosé notoriamente la lista de las verdades a un cuarto. Pero todo daba igual, salvo tu pecho agitado arriba y abajo y yo cayéndote en picado. Nada fue lo suficientemente terrorífico para impedir que tu lengua deshiciera mi dedo y que mi boca se comiera a la tuya. Ni la sangre, ni las dudas, los pactos suicidas, o el ruido de los monstruos devorando los libros y el mobiliario del salón. Supongo que el hecho de ser expertos en caer estrepitosamente, hizo que en un arrebato de valentía, reventaras la puerta izando lentamente mis manos hasta la perpendicular del espejo. Me agarré muy fuerte a la parte alta del cerco y el sonido del metal murió cuando susurraste sonriendo todo lo que me odiabas, lo mucho que me querías. Y fue entonces cuando el fin del mundo empezó a girar con amor y furia desde atrás.

Wild Tigers I Have Known (Emily Jane White)

domingo, 22 de mayo de 2011

Roja


Lo dejé por esa obsesión mía de experimentar. Experimentar con todo, ya sabes. Quería anotar todos los tonos de todos los cielos de todas las ciudades que me diera tiempo a ver. No sabía qué cifra debía darle a cada uno, así que mezclaba los colores hasta que el tachón se medio parecía a aquello de allí: a lo más alto. El caso es que viéndolo después, todos los cielos eran como muy E52222, muy rojos.

Así que un día, al despertar, me vi desde fuera y mar adentro buscando compulsivamente al azul. Y eso que de pequeña ya sabía que los héroes no existen.


Venus in furs (The Velvet Underground)

sábado, 14 de mayo de 2011

Créeme, tan sólo eres una réplica



Tras varios meses, el chico del NO casco (para terceros) ha vuelto a mí con forma de virus cáustico, protegido por aquella gabardina de cuero que empezó a perder su olor para acoger el de mis jerseys de cuello vuelto. Se propagaba taciturno, igual de silencioso que el descampado que hay detrás de casa desde donde me gusta ir a escuchar el motor de los autobuses a lo lejos; como si nada tuviese relación conmigo, como si mi mundo se desvinculara de todo aquello que pueda asociarse al planeta. Todo da vueltas reiteradamente. Todo se reproduce en el mismo orden una y otra vez: las calles, la lluvia, los relojes y hasta la música. Sin embargo, él sigue expandiéndose al compás de mi corriente sanguínea. Su materia sigue fluyendo y, de pronto, yo respondo al nombre de organismo y él no deja de mirarme mientras sonríe infectándolo todo.



Losing my Religion (R.E.M)

lunes, 25 de abril de 2011

Say something


Poco a poco los pares de extremidades se fueron levantando del pasillo. Todas las piernas sin contar las propias, claro. Los recuerdos de aquellos días son confusos, pero sé que mi madre cogió ropa de su casa y se instaló en la mía. Ella sabía lo que había pasado sin que yo tuviese que explicarle nada. Ella lo sabía todo. Siempre. Igual que él. La última vía era imposible de imaginar; seguía muda, inmersa en el infierno. Se instaló día y noche conmigo en el pasillo. Trajo un par de almohadas y una manta enorme y allí pasamos muchos días en silencio. No me preguntaba, no decía nada; tan sólo se apoyaba en la pared recogiendo mi cabeza en su regazo. Besaba mi frente, secaba el sudor frío de mi espalda, me acariciaba el pelo y me cantaba todas las canciones que me gustaban cuando era una niña. Tú y ella erais los únicos que sabíais que la imagen que yo proyectaba al mundo era puro teatro, pura falacia. Vosotros dos erais los únicos que veíais mi alma desnuda, que me desmontabais con una sola mirada. Vosotros erais los únicos que sabíais que no había dejado de ser una cría, erais los únicos que seguíais llamándome "niña".

Ni siquiera sé en qué pensaba durante aquellos días. Ni una sola lágrima. Ni un sólo ruido era capaz de romper aquella paz espectral, salvo los cantos de mi madre cosiéndome la vida. A veces te imaginaba con tu gabardina de cuero vieja mientras el frío eyaculaba hielo sobre tus costillas. Un frío que en aquel momento no padecías y, sin embargo, iría anidando entre tus vértebras, poco a poco. Era una lástima que supieras de todo, que la vida nunca te pudiese jugar malas pasadas a causa de esa anticipación tuya de las cosas; esa sabiduría tuya. Afilada, puntiaguda. Negándote a ti mismo y maldiciéndome a mí en el caos más incoherente. Yo, de chica angustia a chica lluvia, deseaba pensar que estarías en alguna cama resucitando fugazmente entre algún par de manos extrañas. Y no me dolía. Lo que hacía que ardiera mi alma, era imaginar tu llanto drogado después de trepar hasta el cielo enganchado a tanta quimera porque, sabía que de algún modo, seguías pensando en mí hasta que todo empezaba a girar y a girarte y dar vueltas. Porque seguía creyendo que me querías. Y seguía rota en el suelo de aquella casa, intentando establecer contigo una absurda conexión porque siempre he creído que cuando piensas intensamente en alguien, chorrea la magia hasta de las paredes. Que el cosmos, a veces, entiende de amores cuando son magnánimos, cuando sabes proyectar bien los deseos en el cielo o en el infierno; y por eso mis vísceras gritaban sin descanso tu nombre. Sin aliento. Evocando todo aquello que ya nunca iba a volver a ser.

Pero estaba claro que aquella huelga irracional no podía extenderse durante mucho más tiempo. Permanecía inmóvil, invocándote al vacío de todos los amaneceres que me veían morir lentamente, que me observaban languidecer cada día con cada puesta de sol. Allí, escuchando los pies descalzos de los de arriba contra el suelo, la televisión de los de abajo, las risas, y hasta el sonido de chorro amarillo de los de al lado. Debía parecer una jodida enferma mental, una imbécil...

Una noche desperté acurrucada entre los brazos de mi madre, y la escuché llorar de un modo sobrecogedor. Me asusté. Y entonces supe que era cuestión de reír o llorar. De amor u odio. De vivir o morir. Y exploté. Reventé, siendo las lágrimas de mi madre mi particular detonador. Y grité hasta desgarrarme la garganta, hasta creer que aquello sería el principio o el fin. El todo o la nada.

-Cariño, no puedes seguir así. Dime algo, por favor. Reacciona o me moriré contigo en medio de esta pena.

Después del grito, una luz debió instalarse en el centro de mi pecho. Como una bola de sangre que abrió paso a mi voz olvidada.

-Mamá, no me dejes sola.

Retroceso de lágrimas en el rostro de mi madre y el renacer de las mías. Y fue entonces cuando ella sonrió antes de abrazarme hasta el amanecer.


viernes, 8 de abril de 2011

Sabios, abril y muerte


(2009)

Una vez conocí a un tipo interesante. Él era de ese tipo de gente que te hace sentir pequeña y vulnerable. Desafiábamos al mundo dejándonos al azar, señalando mapas para elegir destino con los ojos cerrados. Si yo hacía fotos con medio cuerpo fuera del coche, él me reprochaba con susto; sin embargo, sonreía perplejo negando ante mi locura. Si juntábamos las manos abiertas sus dedos ganaban en longitud considerablemente respecto a los míos. Si jugábamos a mirada de lobo, continuamente brotaba de las entrañas el sonido de mi risa frente a su inminente y brillante triunfo porque, siempre, sorprendente y absolutamente siempre, ganaba él.

Él conocía todas las artes del sexo, de la muerte y del amor. Y yo pequeña. Pequeña frente a un ser sabio, curtido y castigado, presente y existencial en cada una de las travesías que eran nuevas para mí. Pudor si le miro directamente a los ojos, porque sé que antes de intentar clavar la retina él ya me habrá descubierto. Él sabe que a las mujeres nos gusta oler a fruta. Él sabe que a mí me gusta el olor a coco. A mar, a gasolina, el humo que deja una cerilla. Él conoce perfectamente mis pasos aún sin darlos, aún sin yo intuirlos. Él sabe los días que tengo frío aunque no escuche el castañear de mis dientes, aunque no esté. Él sabía que le apartaría y me lo decía, tenía razón. Tenía razón porque una noche de tormenta algo vino a decirme que no podría soportar esa percepción de sentirme reclusa de su pericia y de mi miedo a la no libertad. Pese a todo. A pesar de lo que soy, de lo que tengo... necesito libertad para no perderme en el camino. Mi camino.

-¿No te das cuenta de que eso que estás haciendo no te lleva a nada? Deberías perder tu perspectiva por un momento. Hay que salir de los problemas para verlos y abordar las situaciones a traición.
-Deja que me equivoque aunque sepas que me gusta oler a coco, deja que me pegue cuantas hostias quiera, a pesar de ti y de mí. Tengo que entender qué me pasa, aprender qué soy.
-Tienes que aprender a empatizar, te dejas llevar demasiado por las emociones. Eres demasiado impulsiva.
-Deja que sea como soy, déjame pensar que la vida no es sólo lo que veo. Déjame encontrarla, déjame en paz.
-Estoy cansado de ver tus caídas. La próxima hostia que te pegues no estaré aquí para amortiguar el golpe.
-Nunca te lo he pedido, nunca te he pedido nada.
-Que tengas buen viaje.

Al cabo de los meses le llamé para encontrar sus dedos y jugar a mirada de lobo. El número no existe. Le escribo una carta con resultado de rehusada, así que enlazo el cabello en dos trenzas y cojo el primer avión con destino a Madrid. Con la esperanza y el miedo en la maleta, con nervios de cual colegiala con tablas sobre la tela, con el temor del abandono y el destierro por faldas serias y ajenas. Ventanilla, quiero ventanilla. Inhalo profundo y vomito el aire en el cristal del avión. Trazo su nombre con el dedo pensando que quizá eso lo invoque y me esté esperando en Barajas. Intento pasar el tiempo dentro de ese pájaro metálico. Saco un crucigrama de esos que tanto le gustan, pero no puedo. Nunca me han gustado los crucigramas. Cinturones, vamos a aterrizar, corazón, garganta, ya llego. No está. Taxi, su casa, quemo el timbre exterior. Nadie. Nada. Decido dar la vuelta al edificio e investigar el balcón. Se vende. ¿Se vende? Pregunto a una vecina, me dice que no sabe. Llega una chica de aproximadamente mi edad.

-¿Asolada?
-Sí, ¿quién eres?
-Sube a casa. Él me dijo que vendrías. Soy una amiga.

Él que todo lo sabe. Él le dijo que vendría. Pedazo de hijo de puta que siempre me adivina.

Dos horas más tarde, regreso a la vida exterior que ya es oscura. Con la maleta más llena. Con un sobre tembloroso en la mano. Me siento en un banco y comienza a llover. Voy a vomitar. No puedo leer, no puedo moverme, pero leo:

"Sé lo que eres y por eso nunca pude decirte lo que pasaba. Lo que le pasaba a mi cuerpo. Si lo hubieses sabido nunca te habrías alejado de mí, y tú eres un alma libre. Ahora sólo escúchame: no empatices nunca más. En tu puta vida empatices más que contigo, con la sangre inquieta que te mantiene en pie. Eres el alma de hielo más maravillosa que he conocido en mi vida. En esta vida que escapa de mí, o quizá yo de ella.

Te quiero, y espero no verte para ahorrarte las náuseas que provoca mi cuerpo ya quebrado. No soy un sabio, soy un hijo de puta por no decirte las cosas a tiempo.

Perdóname."

Y lloré por las calles de ese municipio inmundo mientras llovían mares y furias desde aquel trozo de cielo. A mi paso, las aceras rosas y húmedas, me escupían la verdad que él me había contado y nunca supe ver. La profecía quedó bajo la capa gris y densa de nubes sobre el atardecer de un abril cualquiera, de un año cualquiera. Profecía que viene y me golpea todos los días de abril, todas las tardes del mes que me maldijo y que me obliga salir a contarle al mundo que tenía la verdad escondida entre los dedos. En lo más profundo de los ojos que tanto temí.

A algún gilipollas se le ha ocurrido poner en un anuncio de televisión la versión de Thedo, On my Shoulders. No veo la tele, pero si la escucho de fondo siempre está el jodido anuncio de libretas recordándome mi viaje en una búsqueda rota y seguida de la muerte. Un viaje en el que aburrida de crucigramas, escuché esta canción en replay como unas siete veces sumida en la más triste ignorancia.

Ahora no quiero a nadie a quien contarle mis miedos, fundamentalmente porque no tengo. Pero tampoco hay nadie que sepa que me gusta oler a coco, nadie intuye si tengo frío, y ahora siempre gano a mirada de lobo.

Porque no hay nadie, nadie salvo él, que haya podido ganarme.

sábado, 26 de marzo de 2011

Digamos que me importas un pijo


Lo poco que quedaba se convirtió en histérica nada. Nada de nada. Hasta el dolor pareció adquirir su tono habitual. Era como si la sangre, lejos de llegar al río, hubiese cogido posición en la entrada de cada arteria para fluir por todos los conductos hasta recuperar el color de cada sueño, de cada pensamiento, de cada horror. Nada, ya sabes. Igual que un cero rebotando enloquecido por todas las membranas de lo que aparentemente es un cuerpo no celeste. Como un eco propagándose en el horizonte de una cordillera hasta desaparecer por completo. El vacío de tu vida en la mía. El silencio de tu pelo, miserable, regateando llagas y cosquillas con mi espalda. El sonido del aire cuando en el pulso me he liberado de tu olor y del acoplamiento perfecto de tu sexo haciendo ventosa contra las paredes de mi corazón.

Se ha congelado la tormenta y ahora sólo estoy yo, chica lluvia; girando en el techo de mi habitación frente a un gran iceberg que despunta en un Madrid que huele a helados de menta y primavera.

La vuelta al mundo. La llegada a mí. Ahora, inevitablemente.

Grails (Satori)

jueves, 17 de marzo de 2011

Ardes


Y ahora sólo queda el pánico reptándonos por debajo de la ropa. Y ganas, volatilizándose a medio camino y dividiéndose entre tu espacio y el mío. Desazón, porque a base de sonidos muertos hemos ido enmarañándolo todo. Silencio, porque matemáticamente es absolutamente imposible retorcer más las palabras. Tristeza, concupiscencia, quebranto; porque tanto vicio cristalizado en la cruz de una moneda sólo podía reflejar la cara de un aquí te mato.

Y tus restos arderán mañana con la salida del sol en alguna parte de Madrid; pero de pronto, yo me siento de lo más cómoda.

Y para muestra un botón. La música a chorros contra mi pared, y tú emulsionas al ras de mis costillas dejando al fin de ser mi todo.

martes, 1 de marzo de 2011

Finish


Blanco. De repente esta mañana todo amaneció blanco en el lugar donde habitaban las sombras. Tan sólo luz en el rincón desde el que acechabas tú. Y sol en el parque de El Retiro. Grande, bien grande. Sol por encima del blanco de las nubes contraponiéndose a tiempo y a viento. Música en la boca del metro donde me jugué los cuartos contigo, donde la noche de un noviembre triste la luna me devoró atrapándome en ti. Rumbo al matadero que ha sido tu sexo, y directa al final de una historia que yo me he negado a cerrar porque no sé decir adiós cuando no es tiempo de. Ya ni siquiera guardo insultos de amor que dedicarte, idiota. Ya no. Ya no tú.

Naranja. Tu rojo ha ido apagándose y mi vida se ha teñido de naranja, como yo. Como los atardeceres que había perdido de vista porque sin darme cuenta te había dado el lugar de mi todo. Como a veces tú. Del mismo naranja que las sábanas de tu cama y de aquel pareo ibicenco tan jodidamente espantoso. Ya no estás. Ya no. Ya no, estúpida.

Y azul. Azul como el fondo de los sueños a los que una vez quisimos darle algún extraño significado, como el espejo que jamás nos devolvió ningún reflejo porque esta noche sí puedo decirte que tristemente no éramos. Como tu calle, como tus ojos, como tu sangre, como tu luz. Así de azul. Como el cielo que en las últimas horas me ha visto vencerme a tu pulso soltándome al fin de tu mano. Dejándote ahí. Suspendido en la nada en la que siempre has estado y de la que no debí querer sacarte nunca. Porque sarna con gusto no pica, pero tampoco hay mal que cien años dure. Y no ibas a ser tú. Porque no. Porque ahora sí. Un cigarro sobre el campo de batalla y dos últimas cruces sobre tu nombre y todo se viste de fácil. Así que ahora sólo ven. Acércate y escúchame bien.

Finish, close, game over. Se acabó.

(Para siempre).


Oh! How The Dogs Stack Up (Mogwai)