lunes, 4 de julio de 2011

sábado, 2 de julio de 2011

Encima o nada


El verano se había apoderado de mí y ya no estaba para gilipolleces. Más que puta era egoísta y finalmente la vida era lo que era, sólo tenía que aceptar las cuatro evidencias a las que se reducía todo. También debía aceptar lo de los monstruos. Al fin y al cabo nadie dijo nunca que todo sería rojo. Acabar con todas las materias pendientes se convirtió en el clásico deberes santillana. Ya no estaba tampoco para transcendentalismos, ya no iba con el pecho rajado ni con el corazón mal arrancado por las esquinas. Ya no. La catarsis parecía inminente, inevitable. En el fin de toda acción estaba la clave de todo, y hasta el momento, era como haber vivido a ciegas, como si toda interacción hubiese estado asociada a danzar por un invierno infinito, a tientas. Quizá era momento de enterrar a la lluvia. Adentro, muy adentro. Tal vez me había aproximado tanto al abismo Caroline, que sobrevivir tenía mucho que ver con echarle al sol ese pulso terrorífico. Con mirarme al espejo y saltar por los aires un microsegundo después del estallido multicolor. La vida era lo que era, sí; pero eso seguiría dando igual.

Me adentraba en el verano más asesino y encarnizado de los últimos años y, COMBATIRME en un cara a cara a mirada de lobo frente a la luna, irremediablemente, se había convertido en el único objetivo. Caminaba por la estación más enemiga de todas y me la follaba a horcajadas a un ritmo tan preciso, que la renovación celular se impuso a todo lo demás. Que resultó no ser nada, todo lo demás. Que no era luz. Que no era yo, ni tenía nada que ver conmigo o con el verano al que vencería en el pulso y del que pensaba vivir cada instante que había malgastado en el pasado capulleando (seh, de capullear, ya sabéis), necesariamente, para llegar hasta aquí.

Luego, pistoletazo al cielo y el mundo se dio la vuelta como si tuviera la necesidad de proyectarme hasta el infinito y advertirme sobre algo. Alguien apuntó a mi pulmón izquierdo a quemarropa y, todos, absolutamente todos los chicos de., implosionaron dejando un humo gris suspendido en el tiempo. Fue entonces cuando la realidad me devolvió al punto de partida, cuando supe que siempre había sido él.


-Mil gracias a todos los que siempre tenéis palabras para mí. A los que vienen en silencio y nunca dicen nada.
A los que se fueron, y a los que me hacen sonreír.
Gracias por compartir conmigo este estado mío abrumadoramente demencial.
Gracias por todo este tiempo ;)