domingo, 11 de septiembre de 2011

Que le jodan a todo


Entre aquellas cuatro paredes se quedó lo peor de todos mis lados podridos. El vientre arañado y los ojos del color de lo único que se podía ver a través de todas las ventanas: grismuro. Los llantos reptaron por las paredes y se quedaron colgando del techo como esperando a los siguientes inquilinos para abalanzarse sobre ellos. Lo mismo ocurrió con los gritos acompañándonos de madrugada. Y con las -mis- mentiras. Pero, yo; siempre yo. Yo, y la maleta llena. Yo, en la puerta, desprovista -y desnuda- de toda emoción destructiva, e igual de preparada que hace veintinueve años para ser expulsada de entre las membranas de mi madre. Abandonar la oscuridad, como entonces. Querer. Sobretodo querer. Y no se trataba de volver al aire limpio, sino al aire. Así de fácil. Igual de sencillo que amontonar el gris, el negro y el verde -que nunca me ha gustado- y marcharme de allí dejando los grifos abiertos esperando a que todo se transformara en un barco que ha terminado descompuesto en el alcantarillado de Madrid.

Regresar al mundo con la carne limpia. Exhibir lengua nueva -y eso que no he cambiado de nombre-. Abrirme el cuello frente al espejo del recibidor mientras por la herida desfilan motos, cascos y chicos de verano de polla grande y alma seca.

Y kilómetros abajo abrir la maleta y permitir que el contenido tiña las nuevas cuatro paredes de violeta, azul y rojo. Sobretodo rojo, ya me entiendes. Porque desde la vigésima planta, además de descubrir la magnitud y dimensión de luz y cielo, sólo soy capaz de escuchar a esta ciudad enloquecida susurrándome que se muere de ganas por dármelo todo.