martes, 6 de diciembre de 2011

Epidemia


El puente del diciembre más denso de todos los tiempos, no era el que recorrerías hasta aquel punto en el que me deshiciste la boca. Ni tampoco era el mismo que me posicionaría en el nudo más débil de todos. No pasaba sin pena, joder, porque diciembre se nos echaba encima del mismo modo que avanzan mis tormentas hacia tu lluvia; exterminándolo todo. El puente no era, claro que no, pero no existía nada capaz de destruir lo que irremediablemente ya había ocurrido. No quedaba materia alguna a nuestro alrededor. Ni siquiera existía tierra capaz de sustentar el abrazo más cálido que hayas eyaculado jamás. No había nada. Ausencia, tal vez. Un halo de cordura salvándote de un abismo que existirá mientras estés vivo. Y por mis venas, amor, seguiría fluyendo toda la demencia del mundo.