martes, 24 de noviembre de 2015

Vienes


Ya había anochecido cuando subía la cuesta despacio como dándole tiempo al tiempo para que mandara una señal e interrumpiese mi trayecto. Al llegar al final me detuve y rebusqué algo en el bolso con la esperanza de iluminarme mientras tanto. Llaves, móvil, gafas, bragas, hasta que encontré un chicle que mordí con rabia mientras instintivamente di la vuelta y entonces le vi al otro lado de la carretera. A su altura no había semáforo ni paso de peatones. Perfecto. Esperé unos tres minutos soñando con un indicio, una señal, un atropello, el puto Big Bang... cualquier cosa, algo; pero el tráfico se detuvo en ambas direcciones y crucé sabiéndome sentenciada. Al pasar delante de él sentí como me atravesaba desde el interior del coche. No había ruido en una de las calles principales de Madrid, tiene gracia. Sentí que ya daba igual todo, que cualquier otra dirección que tomara sería un error. Noté como el miedo resbaló hasta el asfalto y por encima de él pasaron ruedas y ruedas abriéndole paso a la incredulidad, la ira, la vergüenza y las ganas. Di una vuelta alrededor del coche y acaricié la puerta con la yema de los dedos mientras contaba hasta tres justo antes de exhibirme como él quería. Antes de odiarle, maldecirnos y culparme por sentir que era exactamente lo que mi alma, desde lo más profundo del coño, no dejaba de pedirme una y otra y una y otra vez.  

1 comentario:

Marián dijo...

Tú en tu estado puro...
¡Pero alegra esa música, mujer!

Un besazo.