miércoles, 6 de enero de 2016

Que no



A días, a ráfagas, a pequeños instantes, él había ido invadiendo cada retal de los que arropaban la poca cordura que me quedaba.

Nada más peligroso que los amaneceres llenos de confusión, de desenfreno, de irrealidad.
Nada peor que la incomprensión para una pirada. Nada más inquietante que chocar una y otra vez contra la sombra de lo que un día me negué.

A días, a chorros, a semanas, él invadía mi cuerpo y a empujones acampaba en todos mis lugares prohibidos. No dejaba de sorprenderme su capacidad de convertir su voluntad en la mía, su modo de transformar lo impensable en indispensable. La manera en que lograba hacerme callar, mostrándome a lo estrepitoso de la vida; para él y para todos los que estaban por venir. 

Empapándome, castigándome, mirándome como sólo miran los que al desnudarte les sobran siete manos.   

Instruyéndome, exhibiéndome, destruyéndome  y construyéndome para enseñarme cómo se desvirtúa mi mundo en esta Navidad de mierda. Cómo sabe hacer de él y de mí, de los amaneceres fríos y las madrugadas cortas, pese a que no hemos vuelto a ser los mismos, algo extrañamente vital.







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